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La hermosa

Efesios 2:20

DOCTRINAS

La Biblia es enteramente la palabra de Dios, aunque haya sido escrita por hombres. Existen múltiples evidencias que así lo demuestran. Estas evidencias pueden ser clasificadas en internas y externas.

Evidencias Internas. Son aquellas que están contenidas dentro de la misma Biblia; es decir, declaraciones escriturales donde la Biblia afirma ser la palabra de Dios (Sal. 19:7-11; 119:104-105; Je. 36:1-2; Jn.10:35; Ro. 3:2; 1 Ts. 2:13; 2 P. 3:15-16).

Evidencias Externas. Son aquellas que presentan situaciones tocantes a la Biblia que Únicamente pueden ser explicadas por medio de la aceptación de que ella es la palabra de Dios. Algunas de las evidencias externas más notables son las siguientes: 

SU UNIDAD: La Biblia fue escrita por no menos de cuarenta autores, la mayor parte de ellos nunca se conocieron pues vivieron en épocas diferentes con intervalos  de hasta 1,600 años, hablaron idiomas diferentes, pertenecieron a culturas diferentes, vivieron en países diferentes, poseyeron personalidades y oficios tan variados como lo son el de pescador y poeta, el de rey y medico; pero, a pesar de todo ello, la Biblia no es simplemente una colección de 66 libros diferentes, es un libro que muestra una unidad de principio a fin. Unidad de continuidad histórica, doctrinal y revelación. El hecho de que los escritores humanos de la Biblia no se hayan conocido y, muchas veces, tampoco se leyeron, resalta la verdad de que la unidad de la Biblia únicamente puede ser explicada como un milagro que la coloca en la categoría de palabra de Dios. 

SU EXTENSIÓN: La Biblia es un libro que no solamente habla de asuntos espirituales. Ella se extiende para tocar temas Científicos, históricos, geográficos, culturales, sociales, sanitarios, psicológicos. pero, aunque la extensión del contenido de la Biblia es tan amplio, que resulta un verdadero milagro que todas y cada una de sus afirmaciones, en cualquiera de esos campos, son siempre exactas y sin error. Este hecho cobra mayor realce al considerar que la Biblia es el libro completo más antiguo que conserva la humanidad. Sus libros fueron escritos en una época en que se ignoraban por completo los modernos descubrimientos; sin embargo, nada de lo que en ellos está escrito ha sido nunca contradicho por descubrimientos posteriores. Esta infalibilidad en tan diversos campos del conocimiento solo puede ser explicada por la verdad de que la Biblia es la palabra de Dios.

SUS PROFECÍAS: El cumplimiento en la historia de las diferentes profecías bíblicas es una de las evidencias más convincentes de su origen divino. En la Biblia se encuentran profecías como la de la sucesión de los grandes imperios mundiales, se anuncia por nombre la llegada de grandes conquistadores como Ciro, se profetiza con siglos de antelación la fecha exacta de la venida del Mesías, se profetiza el lugar y la forma de su nacimiento, su carácter, sus Milagros, sus palabras, la forma de su muerte, su sepultura, su resurrección. En fin, la mayor parte de la Biblia es profecía y la mayor parte de ella se ha cumplido al pie de la letra, la otra parte se está cumpliendo en el presente y la parte final se cumplirá próximamente conforme al orden que ella misma establece. El hecho de que las diferentes predicciones de la Biblia se hayan cumplido con absoluta exactitud es prueba de su origen sobrenatural.

SU ACEPTACIÓN: Aunque no han faltado los Detractores de la Biblia, lo cierto es que ella sigue siendo el libro de mayor popularidad jamás escrito. Es el libro que se ha traducido a mayor número de idiomas que ningún otro. Cada año, desde que se inventó la imprenta, ha conquistador el primer lugar en número de ejemplares impresos y distribuidos. Su aceptación es universal, la leen los niños, los jóvenes, los adultos y los ancianos.  Ha sido inspiración de escritores, oradores, políticos, artistas, etc. Es el libro sobre el que mayor número de comentarios se han escrito. Millares de eruditos se han dedicado a su estudio sin agotar, después de siglos, sus enseñanzas y verdades. Este fenómeno literario sin par, es otra prueba de su origen divino.

SU PODER: La Biblia es el libro que más vidas ha cambiado. Ella transforma el carácter de los hombres y de los hogares. Su lectura puede librar de los vicios, de las enfermedades, del pecado y de la desesperanza. Su lectura anima, reprende, consuela, corrige. Quien la lee no vuelve a ser el mismo. Ella ha inspirado grandes hombres de la historia y ha precipitado grandes acontecimientos. Ningún otro libro ha probado tener más poder para mover el corazón humano que la Biblia. La conjugación de las evidencias internas y externas que hemos mencionado prueban que la Biblia es la palabra de Dios. Sin embargo, sigue pendiente de resolución el explicar cómo un libro que fue escrito por hombres pueda ser palabra de Dios. Esta cuestión es la que aclara el concepto de la inspiración. Para definir adecuadamente ese concepto vamos a refutar, primeramente, teorías erróneas que tratan de explicar el fenómeno de la inspiración.         

TEORÍA DEL DICTADO: Es aquella que trata de explicar la inspiración de la Biblia en el sentido de que los hombres que la escribieron actuaron únicamente como secretarios que copiaban lo que Dios les dictaba. Esta concepción tan simple no hace justicia al fenómeno de que los diferentes hombres que Dios usó para escribir la Biblia dejaron estampado su propio estilo en cada uno de sus libros; cosa que no debería haber ocurrido si en realidad actuaron solamente como secretarios. Por otro lado, los hombres que escribieron la Biblia expresaron muchas veces sus pesares, sus temores, sus alegrías, sus expectativas y sus deseos personales; cosas todas ellas que van más allá de la simple función de copista. Este fenómeno se convierte en un poderoso argumento que descalifica la teoría del dictado.        

TEORÍA DEL CONCEPTO: Es aquella que afirma que Dios únicamente inspiró los conceptos principales y, luego, éstos fueron redactados por los escritores usando palabras de su elección.  Esta teoría no hace justicia a la infalibilidad de las Escrituras, pues, si los hombres solo recibieron inspiración de los conceptos, muy bien podrían haber introducido errores cuando expresaron esos conceptos.          

TEORÍA PARCIAL: Establece que la Biblia es inspirada solamente en algunas de sus partes no así en otras. Hasta el presente, ninguno de los defensores de esta teoría ha logrado definir criterios adecuados para determinar qué partes son inspiradas y qué otras no. Tal parece que la conveniencia y los intereses personales son los elementos determinantes a la hora de tratar de definir esta importante cuestión. Como resultado de ello no existen dos postulantes de esta teoría que estén de acuerdo en qué partes la Biblia es inspirada; situación sospechosa que le resta toda credibilidad a semejante proposición.

DEFINICIÓN DE INSPIRACIÓN: La verdadera Inspiración de la Biblia se define como una verdad que Dios ha impartido directamente a sus autores y que, sin destruir ni anular su propia individualidad, su estilo literario o intereses personales, les guío por el Espíritu Santo de manera tal que lo que escribieron es la Expresión de su completo e íntimo pensamiento. Dios utilizó no solamente las manos de los hombres que escribieron la Biblia, sino también sus ideas, culturas, temores, anhelos, etc.; pero, de manera tal que lo que finalmente escribieron fue exactamente lo que Dios quería que se registrara. Existe, pues en la confección de las Escrituras un aspecto divino y otro humano. La inspiración de la Biblia es verbal, plenaria e inerrable.

VERBAL: Por cuanto Dios inspiró no solamente los conceptos sino las palabras exactas que debían ser utilizadas. Jesús abogó muchas veces con respecto a palabras aisladas de las Escrituras (Jn. 10:34-35) y hasta por los signos de puntuación (Mt.  5:18).

PLENARIA: Por cuanto la inspiración de las escrituras se extiende por igual a todas y cada una de sus partes. (2 Tim 3:16).

INERRABLE: Por cuanto no contiene ningún error. Siendo la Biblia la plena expresión de la voluntad Divina verbal y plenaria, ella debe ser infalible por cuanto expresa el pensamiento de Dios perfecto. Las palabras exactas que Dios inspiro a los hombres que escribieron la Biblia son aquellas que pertenecen a los idiomas en que ella fue redactada: hebreo, Arameo, para el antiguo testamento y griego para el nuevo testamento. Sin embargo, la Biblia ha sido traducida al español y contamos con versiones fieles que podemos recibir confiadamente como la palabra de Dios. Una de las traducciones más confiables y de más amplia difusión es la conocida como Reina-Valera Revisada. Además de su fidelidad, la mayor parte de comentarios bíblicos, diccionarios, concordancias y libros cristianos en general utilizan el texto de la Reina-Valera Revisado, por lo que resulta doblemente ventajoso familiarizarse con ella. La Biblia, como palabra de Dios debe ser la norma suprema de doctrina y conducta para todo cristiano y todos los demás elementos de doctrina deben ser recibidos únicamente bajo la condición de que se ajusten a sus afirmaciones.

Existe un único Dios verdadero que subsiste en tres personas distintas: Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Estas tres personas participan de la misma sustancia y poseen los mismos atributos, lo que da por resultado que vienen a ser iguales en poder y gloria. 

Tres personalidades que no deben confundirse ni mezclarse; pero, una sola sustancia que no deben dividirse. Las verdades básicas en las que se apoya la doctrina de la trinidad son las Siguientes:

HAY UN SÓLO DIOS: La doctrina de la Trinidad se fundamenta sobre la verdad de que únicamente hay un sólo Dios verdadero. Rechaza todo triteísmo y toda aquella idea que sea contraria al monoteísmo bíblico (Dt 4:35, 6:4, 32:39; 2 S. 22:32; Sal.86:10; Mr. 12:32; Ro.3:30; 1 Ti.2:5)

EL ÚNICO DIOS VERDADERO POSEE UNA PLURALIDAD DE PERSONAS: Dios es singular en cuanto a su sustancia; pero plural en cuanto a sus personalidades. Esta pluralidad de personas se demuestra por el uso de nombres, pronombres, y verbos en plural que se le asignan al único Dios verdadero (Gn. 1:26, 3:22, 11:6-7: Is. 6:8). Las tres personas divinas aparecen de manera simultánea y diferenciada en diversos pasajes de las escrituras: (Dn. 7:9, 13:14; Mt. 3:16-17, 17:5, 28:19; Hch. 7:55-56; Ap. 4:5, 5:1, 6-7)

CADA UNA DE LAS TRES PERSONAS POSEE LA SUSTANCIA DIVINA: El Padre es Dios (2 R.19:15; Is.44:6; 1 Co.8:6) El Hijo es Dios (Ro. 9:5; He. 1:8; 1 Jn. 5:20). El Espíritu Santo es Dios ( Hch. 5:3-4; 2 Co.3:17). Cada una de las tres personas tiene como su naturaleza propia la naturaleza divina. Esta naturaleza no se divide y las y las personas de la trinidad participan de ellas en una plenitud de calidad, no de cantidad. Cada persona es con las otras necesaria y eternamente una sustancia, de manera que no hay tres dioses sino un sólo Dios verdadero que subsiste en las personas del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. 

LAS TRES PERSONAS SON DISTINTAS ENTRE SI: Las escrituras abundan en testimonios que demuestran que, aunque las tres personas poseen la misma naturaleza divina; no obstante, sus personalidades están marcadas con ciertas actividades que no son intercambiables sino exclusivas y que las presentan como distintas entre sí; por ejemplo: El Padre manda al Hijo a redimir a su pueblo nunca sucede lo contrario. El Hijo redime a la iglesia y envía al Espíritu a santificar, nunca se dice que el Espíritu haya sido crucificado o que el Espíritu envíe al Hijo a santificar (Mt. 26:39, 20:23, 27:46; Mr. 13:32; Lc. 2:49, 12:10, 23:46; Jn. 1:18, 5:31-32 y 37, 7:37-39, 8:16-18, 14:16- y 28, 16:28, 20:17; Hch.10:38; 1 Co. 15:24 y 27-28. Ga 3:20; Col.3:1).

La trinidad de Dios es un fenómeno esencialmente único y, por consiguiente, está muy por encima de la posibilidad de una completa comparación o ilustración. Los diferentes ejemplos que se utilizan para aclarar el concepto de Trinidad no podrán dar sino solamente una idea para su comprensión. Por ello, no debe insistirse excesivamente en el afán imposible de querer comparar la Trinidad con cualquier otro fenómeno material.

Jesús es el único ser en que se han conjugado las naturalezas divina y humana. El hecho de que Jesús muestre muchas características humanas no menoscaba la realidad de que él es Dios. Examinemos algunas de las evidencias que demuestran que Jesús es Dios.

Jesús es declarado Dios desde el Antiguo Testamento. Compárese el Salmo 45:6-7 con Hebreos 1:8-9. El Salmo 110:1 con Mateo 22:44. Hay que considerar también Isaías 7:14 con Mateo 1:22-23. (Is. 9:6, 40:3).

Jesús se declaró a si mismo Dios (Jn. 8:58-59, 10:30, 14:8,9; Ap. 1:17-18).

Jesús es declarado Dios en el Nuevo Testamento. (Lc, 1:16-17; Jn. 1:1, 20:28; Ro. 9:5; Col. 2:9; 1ª Ti. 3:16; 2ª P. 1:1; 1ª Jn. 5:20).

Jesús es declarado Dios en razón de sus atributos. El perdonó pecados (Mr. 2:5-7; Lc. 7:48-50). Él es omnipresente (Mt. 18-20; Jn. 3:13; Ef. 1:23, 4:10). Él es omnisciente (Mt. 12:25; Jn. 2:24-25, 21:17; Col. 2:3). Él es omnipotente (Mt. 28:18, He. 1:3). Él es eterno (Mi. 5:2; Jn. 1:1-2; Col. 1:17). Él es inmutable (He. 1:11-13; 13:8).

Jesús es declarado Dios en razón de que recibe igual adoración y reverencia que el Padre (Mt. 14:33, 28:9, Ap. 5:8-12).

Jesús es declarado Dios en razón de que el creo el universo (Jn. 1:1-3; Col. 1:15-16; He. 1:2, 10).

Para saber si el Espíritu Santo es una persona se hace necesario examinar si cumple con las condiciones básicas que hacen de un ser una persona. Las tres cualidades básicas de la personalidad son; La capacidad de razonar, la capacidad de experimentar emociones y la capacidad de decisión.

La razón. El Espíritu Santo posee razón (Ro. 8:27; 1ª Co. 2:10-11).

Las emociones. El Espíritu Santo posee sensibilidad y es capaz de experimentar emociones (Is. 63:10; Ro. 15:30; Ef 4:30).

La voluntad. El Espíritu Santo es capaz de tomar decisiones por sí solo (1ª Co. 12:11).

Puesto que el Espíritu Santo reúne las cualidades de la personalidad, concluimos que él es una persona y no simplemente una influencia. Además, la Escritura se refiere siempre a él como a una persona (Jn, 14:16-17)

Las acciones que la Biblia atribuye al Espíritu Santo pueden ser ejecutadas tan solo por una persona. Se nos dice que el Espíritu habla (Hch. 8:29; Ap. 2:7), Enseña (Jn. 14:26), Reprueba (Jn. 16-8), elige (Hch. 13:2, 16:6-7, 20:28), testifica (Jn. 15:26), Guía (Ro. 8:14; Gá. 5:18), Escudriña (1ª Co. 2:10) e Intercede (Ro. 8:26).

Habiendo demostrado que el Espíritu Santo es una persona, queda pendiente el asunto de su divinidad. En cuanto a esto hay suficiente evidencia como para concluir que él es Dios.

El Espíritu Santo es declarado Dios en el Antiguo Testamento. Compárese Isaías 6:8-10 con Hechos 28:25-27. Jeremías 31:33-34 con Hebreos 10:15-17.

El Espíritu Santo es declarado Dios en el Nuevo testamento. (Hch. 5:3-4; 2ª Co. 3:17).

El Espíritu Santo es declarado Dios en razón de sus atributos. Él es omnipresente (Sal. 139:7-10). Él es omnisciente (1ª Co. 2:10-11). Él es eterno (He. 9:14).

Concluimos: Pues, que el Espíritu Santo es una persona divina.

Dios creo al hombre a su imagen y semejanza moral. Por consiguiente, estaba dotado de santidad, inocencia, amor, misericordia, etc. Sin embargo, cuando el hombre peco, perdió la imagen de Dios y corrompió su naturaleza. El hombre atrajo sobre si la muerte, la corrupción, la enfermedad y todos los males que se derivan del pecado. Cuando el hombre procreo sus primeros hijos, estos heredaron la naturaleza caída naciendo muertos espiritualmente (Ro. 5:12 y 18-19). Desde entonces, todo ser humano nace cargando la culpa del pecado original y mereciendo la condenación. El hombre es incapaz de haber lo bueno y no puede por sí mismo elevarse en busca de su salvación. A esta condición humana es a la que se le llama depravación total; por cuanto el hombre se encuentra totalmente incapacitado de hacer el bien. Algunas de las características básicas de la depravación humana son las siguientes:

El hombre siempre elige lo malo. Siempre que el hombre tenga la oportunidad de escoger entre el bien y el mal, invariablemente escogerá el mal (Gn. 6:5, Ro. 3:10-12). Las obras de altruismo que ocasionalmente hace el hombre no regenerado no alcanzan la norma de Dios como para catalogarse de buenas obras (Is. 59-6; Ro, 14:23). Esta inclinación humana hacia la maldad se manifiesta desde el momento de la concepción, de manera que la edad no puede borrar la culpa que pende sobre todo ser humano (Job 25:4-6; Sal. 51:5, 58:3).

El hombre no puede hacer lo bueno. Por su naturaleza heredada de Adán, el hombre está imposibilitado para hacer el bien (Mt. 7:17-18; Jn. 15:4-5; Ro. 8:7; 1 Co. 12:3).

El hombre no entiende lo bueno. Por muy inteligente que un hombre sea, no puede comprender las cosas del Espíritu, pues, las cosas espirituales deben examinarse espiritualmente; pero, el hombre no es espiritual sino carnal (Jn. 8:43; 1 Co. 2:14).

El hombre no quiere hacer lo bueno. El problema con el hombre no es solamente de incapacidad sino también de voluntad. La voluntad del hombre está pervertida, rechaza todo lo que es de Dios y ama el pecado (Ez. 3:7; Mt. 23:37; Lc. 19:14).

La condición espiritual del hombre es de muerte y de rebelión a la voluntad divina. Así lo describe la Biblia: Sal. 53:1-3; Is. 59:3-16; Ro. 1:18-32.

Puesto que el hombre se encuentra totalmente depravado, su salvación, necesariamente deberá originarse en una fuente externa a él. Si Dios no le salva, jamás podrá salvarse a sí mismo.  

En razón de que todos los hombres han pecado en Adán y que sin excepción son culpables y dignos de condenación, Dios no habría cometido ninguna injusticia si hubiera pasado por alto a todos para reservarlos al fuego eterno dejando que cosecharan lo que ellos mismos sembraron. Pero, el amor y la misericordia de Dios se manifestaron grandemente cuando de entre todo ese mundo perdido escogió a aquellos que, según su consejo, alcanzarían salvación eterna.

La causa de la incredulidad está en el corazón humano y Dios no es culpable de ella; pero, la fe en Jesucristo para salvación es un don gratuito de Dios (Ef, 2:8; Fil. 1:29). De manera que si un hombre se condena es puramente por la dureza de su corazón; pero, si un hombre cree para salvación es por el don gratuito de la fe que Dios le otorga.

La razón por la que Dios dota a unos de esta fe salvadora y a otros se las niega depende únicamente de su libre elección (Ef 1:11). Esta elección fue hecha antes de la fundación del mundo, cuando de entre todo el género humano caído, Dios predestino un número fijo de personas, no mejores ni más dignas que las demás, a fin de que fueran salvadas por Cristo. Mientras tanto, a los no elegidos los abandonó a su propia maldad y a sus propios caminos.

La elección de Dios es incondicional por cuanto no fue hecha en virtud de que el anteviera la fe o la obediencia de las personas como una condición previamente requerida en el hombre que habría de ser elegido, sino por el puro afecto de su misericordia que obró justa y libremente (Jn. 15:16; Hch. 13:48; Ro. 9:10-24; Ef. 1:4-5; 2 Ti. 1:9; 1 P. 1:2).

Puesto que Dios es todopoderoso, la elección o predestinación que él hace no puede ser anulada, revocada, ni destruida; el número de los elegidos no puede disminuir como tampoco aumentar. En cuanto a los demás hombres que son pasados por alto para condenación, Dios no es responsable de su incredulidad ni de sus demás pecados; él es el Juez intachable que ha de vengar sus pecados de manera justa.

La doctrina de la elección incondicional no debe ser interpretada en el sentido de que el hombre puede llevar una vida desordenada mientras Dios no le llame; la responsabilidad del hombre es la de procurar el arrepentimiento buscando a Dios con todo su corazón. Si el hombre no hace esto es culpable de condenación; corazón y lo inclino a creer, pues, el hombre de sí mismo no puede ni quiere acercase a Dios.

Si la doctrina de la elección incondicional resulta difícil de recibir para algunos es porque aún no han comprendido a cabalidad la que comprende la depravación total de la raza humana. O bien, su orgullo no les permite acatar la verdad de que ellos no son los artífices de su propia salvación y se les dificulta dar la gloria únicamente a Dios.  

Cuando llega el tiempo en que Dios ha de salvar a sus elegidos, los llama eficazmente por su Palabra y por el Espíritu Santo para darles vida y salvación. Por su estado de muerte espiritual el hombre no podrá nunca por sí mismo decidir seguir a Cristo; de ahí que Dios tenga que dotar de la fe salvadora a sus elegidos, de otra manera estos se perderían irremediablemente (Jn. 6:44).

Este llamamiento de Dios es de tal naturaleza que el hombre es vivificado y renovado al punto que la experiencia no puede terminar sino en una rendición sincera a Cristo. Por medio de su gracia irresistible Dios ablanda la conciencia del hombre, lo mueve a la constricción y al arrepentimiento, lo hace nacer de nuevo, lo dota la fe y le concede la voluntad de desear el bien y procurarlo. De ahí que esa gracia salvadora se califique de irresistible en el sentido de que no puede ser anulada por la voluntad humana. Pero, aunque esta gracia es irresistible, los hombres que la reciben van a Cristo con absoluta libertad, habiendo recibido la voluntad de hacerlo por la gracia de Dios (Hch. 16:14; Fil. 1:29, 2:13).

El otorgamiento de la gracia irresistible de Dios responde a su decreto de elección, de manera que el hombre no puede, ni quiere, hacer nada para obtenerla y debe ser aplicada por la libre gracia de Dios sin prever en el hombre mérito alguno (Jn, 10:16; Hch. 13:48; Ro. 8:29-30).

Los hombres que no son elegidos, invariablemente serán condenados por cuanto Dios los pasa por alto al momento de adjudicar su llamamiento eficaz; esto, no obstante, no significa que tales hombres se pierdan en contra de su voluntad, pues ellos rechazan con toda libertad a Cristo como resultados del endurecimiento de sus corazones (Ro. 9:14-21)

Aquellos que han sido elegidos por Dios, sustituidos en la muerte por Cristo y llamados eficazmente por el Espíritu Santo han alcanzado una posición en Cristo y un estado de gracia que no depende de circunstancias o condiciones humanas y que, por lo tanto, es eternamente inalterable (He. 10:14).

La elección que Dios hace de su pueblo los predestina para alcanzar salvación; siendo que este es un decreto divino que no puede ser alterado aquellos que han sido predestinados alcanzaran infaliblemente aquello para lo que fueron destinados (Ro. 8:29-30).

La sustitución que Cristo logro en la cruz es una sustitución real y no supuesta, por lo tanto, los que han sido sustituidos no pueden más morir haciendo invalido el sacrificio del Señor. Sus culpas y pecados pasados, del Redentor y poseen vida para la eternidad (Jn. 5:24, 6:39, 10:28-29; Ro. 11:29; Ef. 1:13-14; 1 P. 1:4-5).

Los resultados que el pecado produce en un incrédulo y en un creyente son completamente diferentes. Mientras que en el incrédulo producen muerte y condenación, en el creyente producen rompimiento de la comunión con Dios y, si se persevera en pecado, castigo temporal (1ª Co. 11:32). Pero, a causa de la elección de Dios que es producto de su libre voluntad, de la eficacia de los méritos e intercesión de Cristo y de la morada del Espíritu Santo, el creyente no puede perder su posición en el Amado, aunque por causa por sus pecados incurra en el desagrado de Dios, contriste al Espíritu Santo y acarree disciplina para sí mismo. No obstante, la simiente de Dios que está en él y la naturaleza del pacto de gracia volverán a despertar en el dolor por el pecado, el arrepentimiento sincero y la confesión para su perdón y restauración (1ª Jn. 1:9).

La doctrina de la seguridad eterna de la salvación en ninguna manera vuelve a los creyentes libertinos y disolutos, puesto que el que ha nacido de Dios posee una naturaleza que aspira por la santidad de Dios por la comunión con el más que por los placeres engañosos del pecado. Aquellos que escudándose en la doctrina de la seguridad eterna se lanzan a una vida mundana y rebelde demuestran por su misma conducta que jamás nacieron de nuevo y que por lo tanto no fueron elegidos de Dios.

A causa de que en el creyente aún permanece la naturaleza pecaminosa heredad de Adán y de que sigue siendo blanco de las tentaciones del mundo y de Satanás, debe ser muy cuidadoso en poder en práctica los medios necesarios para perseverar en la comunión con Dios y ser librado de pecados graves.

En las Escrituras el arrepentimiento es presentado como un paso necesario para entrar en el reino de Dios (Mt. 3:8; Lc. 5:32; Hch. 5:31; 11:18; 26:20; Ro. 2:4). La idea que transmite el arrepentimiento es la necesidad de una conversión a Dios que incluye un cambio en la manera de pensar, de sentir y de actuar.          

En cuanto al cambio en la manera de pensar, el arrepentimiento implica una transformación en las apreciaciones que se han tenido acerca de Dios, del pecado y de sí mismo. En el caso de la parábola del hijo pródigo el regreso a casa estuvo marcado, inicialmente, por un cambio en la manera de pensar (Lc. 15:17-19)

En cuanto al cambio en la manera sentir, la Biblia enseña que cuando se produce un verdadero arrepentimiento acontece una conmoción emocional en la persona. Nadie puede arrepentirse y seguir tan frio como una piedra (Mt. 26:75; 2 Co. 7:9-10).

En cuanto al cambio en la forma de actuar, el arrepentimiento es la frontera entre una vida disipada y una vida consagrada a Dios que da frutos dignos de arrepentimiento. Las Escrituras hacen gran énfasis en la verdad de que el verdadero arrepentimiento debe mostrarse por los hechos (Mt. 3:7-8; 7:21-23; 21:28-32; Lc. 6:43-45; Ap. 2:5)

Para que se produzca un arrepentimiento legítimo, deben presentarse los cambios en los tres aspectos señalados de manera simultánea. Si hay un cambio en las acciones, pero no en el pensamiento ni en el sentir tan sólo se ha producido una reforma religiosa, no una conversión. Si hay un cambio en los sentimientos, pero no en la actuación ni en la forma de pensar sólo se ha producido un remordimiento. Si hay un cambio en el pensamiento, pero no en el actuar o en el sentir solamente se ha producido una persuasión intelectual. 

El arrepentimiento es un don de gracia que Dios concede de acuerdo a su libre voluntad (Hch. 5:31; 11:18; Ro 2:4; 2 Ti. 2:25). Pero, además, el arrepentimiento es una responsabilidad que Dios demanda de todo ser humano (Hch. 17:30). De manera que si alguna persona no se arrepiente resulta culpable de rebeldía ante Dios y reo de condenación; pero, si, por el contrario, se arrepiente, debe alabar a Dios quien es el único que puede conceder la gracia de experimentar el arrepentimiento para vida.

La justificación es el acto por el que Dios declara inocente a una persona, librándola de toda acusación que podría presentarse contra ella. Siendo que los hombres han pecado, Dios no podría declarar a nadie justo sin romper su ley (Ex. 23:7). Dios no puede hacer ningún compromiso con el pecado; por tanto, él preparó una base eficaz sobre la que pudiera declarar justo al pecador sin lesionar su rectitud. Esta base Dios la estableció cuando entregó a su Hijo para que soportara la condena que merecía el pecador (Ro. 8:3). De manera que Dios sigue siendo perfectamente justo al recibir justificados a los que se acercan a él por medio de Jesucristo (2 Co. 5:21)

La sangre de Cristo es el único medio de declarar justo a un pecador; pues, sólo Cristo ofreció la propiciación adecuada para satisfacer a Dios a la vez que fue el sustituto del creyente en el juicio. 

La seguridad de la justificación reside en el hecho de que el mismo Dios que nos había sentenciado como pecadores, ahora, en su Hijo, nos declara totalmente libres. Nadie puede condenarnos, nuestra justificación es completa y definitiva (Ro. 8:33)

La justificación se recibe por medio de la fe. Únicamente los que creen pueden ser justificados (Ro. 5:1). La fe consiste en creerle a Dios que Cristo hizo todo lo necesario para satisfacer las demandas de la justicia divina y presentarnos ante él sin mancha ni pecado (Ro. 8:1).

Los que han sido justificados, no sólo han sido justificados de sus pecados pasados, sino también de los presentes y futuros. Son las personas las que han sido declaradas justas no una temporada de su vida. La justificación es un privilegio que Dios otorga en el presente (Jn. 5:24; 1 Jn. 5:13). Las afirmaciones de Pablo de que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley, no se contradice con las de Santiago cuando dice que el hombre es justificado por la obra, y no solamente por la fe (Ro. 3:28; Stg. 2:24). Las afirmaciones son complementarias, pues mientras Pablo habla de cómo somos justificados ante Dios, Santiago habla de cómo somos justificados ante los hombres. Lo primero se obtiene por la fe en la obra de Cristo, lo segundo por las obras de fe, es decir, por nuestra conducta, que es consecuencia de nuestra fe. No es suficiente afirmar que somos justificados, también hace falta que nuestros actos de muestren a los ojos de los hombres que realmente tenemos la vida de Dios.

La regeneración o nuevo nacimiento es el acto creador de Dios por medio del cual otorga al hombre una naturaleza espiritual. 

La generación es necesaria a causa de la corrupción del hombre el cual está muerto espiritualmente (Ef. 2:1), no puede percibir las cosas de Dios (1 Co. 2:14) y no puede entrar en el reino de Dios (Jn. 3:3,5).

En la regeneración, Dios crea en el hombre una nueva naturaleza por medio de la combinación poderosa de su Espíritu y de su Palabra (Jn. 1:12-13; 3:5; Stg. 1:18; 1 P. 1:23)

Cuando Dios otorga la gracia del nuevo nacimiento a una persona, ésta recibe una naturaleza nueva por la que puede elevarse en la búsqueda de lo santo (2 P. 1:4), es adoptada hijo de Dios (1 Jn. 3:8-10), disfruta de la vida eterna ( Jn. 6:63) e ingresa a la familia de Dios ( Col. 1:13)

La naturaleza espiritual que se recibe en la regeneración no destruye ni anula la naturaleza adámica que tiene todo hombre. De manera que, en el cristiano, coexiste ambas naturalezas: la carnal heredada de Adán y la espiritual heredada de Cristo. El antagonismo existente entre estas naturalezas contrarias genera en el creyente un conflicto permanente (Ga ́. 5:17). El deber del cristiano es fortalecer su naturaleza nueva para vencer sobre la vieja naturaleza carnal, para ello, debe someterse a la cruz de Cristo y moverse en el Espíritu de Dios (Gá. 5:24-25; 5:16)

Como muestra de nuestra regeneración, y que estamos camino a la perfección la Biblia indica claramente, como debe vestir el hombre y la mujer de Dios. Esta doctrina ha sido mal interpretada y hasta menospreciada por liberales que piensan que solo el corazón pide Dios y olvidan que Dios demanda pureza total. (1 Tes.5:23) pero otros se cuidan de andar ordenados y mantienen una conducta interna como los fariseos quienes cuidaban el verse bien ante los hombres, pero por dentro estaban podridos. (Mc. 12:38-39; Lc 11:39.) es importante señalar que el Señor no estaba en contra de la ropa honesta que ellos usaban si no de la apariencia que se escondía detrás de la ropa.

Veamos lo que la biblia pone como norma.

1- Dios está en contra de la desnudes. Gen 3:21. Dios establece que a causa del pecado el hombre debe cubrirse, tanto que él les hizo las primeras vestimentas.

2- Dios establece que el vestuario del hombre y de la mujer deben ser diferentes, Dt 22:5.

A- Para diferenciar el género sexual.

B- Para evitar la corrupción moral, como el travestismo, etc.

Dios establece que el cristiano debe honrar a su Señor con su cuerpo. (1 Co.6:20).

Tanto el hombre como la mujer deben saber que vivimos en una época de mucha confusión, social, y depravación moral. Dios pide no ceder a la presión de la moda y costumbre del mundo, todo cristiano está llamado a rechazar todo lo que atenta al orden de Dios, la sociedad quiere imponer ropa; unisex. 

Es sabido que las más tentadas son las mujeres, y el Apóstol Pablo declara la forma y los principios de la vestimenta cristiana. (1 Ti 2:9-10) los tres principios que establece la Biblia para elegir la vestimenta a la luz de la biblia son: Decoro: es algo ordenado, bien dispuesto, de honor, y buen gusto. Pudor: es decencia, recato, reserva, dignidad, honestidad y reverencia. Modestia: es alguien con cordura de mente, templanza, juicio recto, prudencia, discreción, sensatez y sobriedad. También vea 1 P. 3:3-4. Dios advierte que juzgara a los que visten ropa extraña. Sofonías 1:8.

El significado básico de santificación es la acción por medio de la cual algo es separado o consagrado a Dios. En este sentido, pueden ser santificados no solamente los hombres sino también los utensilios, los lugares, los días, etc. En el Antiguo Testamento, la santificación abarca a las cosas y a las personas, mientras que en el Nuevo Testamento está limitada a estas últimas.

Los creyentes, al ser santificados, son separados para Dios; implicándose con ello las transformaciones espirituales que corresponden a su nueva relación con él. En la santificación pueden diferenciarse tres aspectos:

La Santificación Posicional: Es aquella santidad que el creyente hereda en virtud de su nueva posición en Cristo. Toda persona que se ha apropiado de los beneficios del sacrificio de Cristo es santa a los ojos de Dios. Esta santificación se da en base a su nueva posición de hijo de Dios y no tiene relación con sus acciones morales (He. 10: 12-14; 1 Co 1:2, 30). La base para que el creyente sea así declarado santo es el sacrificio de Cristo (He. 13:12). La santificación posicional es también llamada instantánea porque, no dependiendo de las obras del creyente sino del sacrificio de Cristo, es aplicada de manera inmediata en el memento de creer (Hch. 26:18).

La Santificación posicional no es susceptible de mejoramiento, pues, ninguna obra humana puede hacer mejor la obra santificadora de Cristo. 

La Santificación Progresiva: Si la santificación posicional es un estado que se alcanza por un decreto de Dios, la progresiva viene a ser la aplicación diaria y práctica de la verdad de ser apartados para Dios. La vida cristiana empieza por la santificación de posición, conferida por medio de una acción divina. Seguidamente, debemos buscar una santificación práctica que sea consecuente con esta posición. La primera es para nosotros únicamente una cuestión de fe, mientras que la segunda está relacionada con nuestro comportamiento diario. Mientras que la santificación posicional no puede ser percibida por el hombre, la progresiva únicamente puede evidenciarse por sus frutos. El creyente está obligado por la Palabra a buscar la santificación de su vida diaria. Existen muchas situaciones de carácter y de hábitos que deben ser cambiadas en nuestras vidas. Por ello, a la santificación da la vida diaria se le llama progresiva; porque puede y debe mejorar (2 Co. 7:1; 1 Ts. 4:1)

La santificación progresiva se da a lo largo de toda la vida del cristiano. Ella se produce por medio de la acción de la Palabra (Sal. 119:9-11; Jn. 17:17; Ef. 5:25-26) y del Espíritu Santo (Ro. 8:13). Pero, a pesar de que Dios nos ha dado estos agentes santificadores, él espera que el creyente contribuya con la voluntad renovada que se le ha otorgado en el nuevo nacimiento esforzándose por someterse tanto a la Palabra como al Espíritu y lograr, así, el progreso disciplinado de su santidad. Si el creyente no aporta esta colaboración, Dios ejecutara disciplina sobre él (1 Co. 11:31-32; He. 12:5-7)

La Santificación Perfecta: Puesto que en nuestra vida terrestre no podremos alcanzar el estado de perfección moral; cuando Cristo regrese para levantar a su Iglesia, ejecutara en sus hijos la santificación perfecta o final, en la cual, aquella santidad posicional que nos fue conferida por sus méritos será igualada por nuestra santidad práctica. De manera que seremos tan santos en vida practica como lo somos en posición ante Dios. Esto se conoce como la glorificación los creyentes (Fil. 3:20-21; 1 Jn. 3:2). Esta última etapa de la santificación se efectuará por obra enteramente divina sin la participación de la voluntad humana. 

El bautismo del Espíritu Santo es la investidura de poder que Cristo otorga a los creyentes para un testimonio eficaz (Hch. 1:8). El Bautismo del Espíritu Santo fue ofrecido inicialmente por Juan el Bautista (Mt. 3:11) y, posteriormente, prometido por el Señor Jesús (Lc. 24:49).

Cuando la promesa del Bautismo en el Espíritu Santo, se manifestó a la Iglesia lo hizo como una experiencia diferente y subsecuente a la salvación. Los Apóstoles fueron sellados con el Espíritu (Jn. 20:22); pero, fue hasta cincuenta días después que fueron bautizados en el Espíritu Santo (Hch. 2:1-4). Cuando Felipe predicó en Samaria hubo muchas conversiones y bautismos en agua; pero, fue hasta días después, cuando llegaron los Apóstoles, que recibieron el bautismo del Espíritu Santo (Hch. 8:14-17). Saulo se convirtió a Cristo con lo cual, quedo sellado con el Espíritu; pero, fue hasta tres días después que recibió la investidura de poder (Hch. 9:17).      

La señal externa de haber sido bautizado en el Espíritu Santo es el hablar en otras lenguas (Hch. 10:44-46).

Puesto que recibir el Bautismo en el Espíritu Santo implica ser lleno del poder de Dios, la persona que recibe tal experiencia vive una transformación en su carácter. Igual que Pedro que de discípulo cobarde que negaba a su maestro, se convirtió en ardiente Apóstol proclamador del mensaje de la resurrección de Cristo. A la vez, el testimonio ofrecido por quien ha sido lleno del Espíritu de Dios es impactante y eficaz, pues, de por medio va el poder del Espíritu de Dios.

Los dones del Espíritu son capacidades sobre naturales que Dios otorga a los creyentes para edificación de la Iglesia. Los dones del Espíritu Santo son manifestaciones completamente milagrosas que no podrían ser ejercidas sin la intervención de Dios. Esto los diferencia de cualquier habilidad humana. El talento musical, por ejemplo, no es un don del Espíritu; pues, en el no hay ningún fenómeno sobrenatural.  Para que un creyente pueda recibir un don espiritual necesita antes ser bautizado en el Espíritu Santo para ingresar, de esa manera, a la esfera de las experiencias sobrenaturales con Dios. Los dones del Espíritu Santo son nueve (1 Co. 12:7-11) y, para su estudio, se clasifican en tres grupos: 

1) Los dones de revelación:

          -Palabra de Ciencia

          -Palabra de Sabiduría

          -Discreción, discernimiento, de Espíritus.

2) Los dones de inspiración:

           -Géneros de lenguas

           -Interpretación de lenguas 

           -Profecía.

3) Los dones de poder:

           -Dones de Sanidades 

           -Operación de Milagros

           -Fe.

El grupo de los dones de revelación reúne aquellos dones por medio de los cuales Dios comparte su conocimiento con su Iglesia. La comunicación de este conocimiento se produce de manera sobrenatural y por la instrumentalidad de la persona que posee el don. Los dones de revelación son:

Palabra de ciencia: Es el don por medio del cual Dios comparte el conocimiento de hechos que sucedieron en el pasado o que están sucediendo en el presente. Este conocimiento se adquiere de manera sobrenatural y más allá de toda posibilidad humana (Hch. 5:3; 9:10-11; 10:19-20). La revelación de ese conocimiento puede recibirse a través de una visión, un sueño, una voz audible, un sentir interno, etc., pero, siempre que se trate de revelación de hechos pasados o presentes estamos ante la operación de hechos pasados o presentes estamos ante la operación del don de palabra de Ciencia.

Palabra de Sabiduría: Es el don por medio del cual Dios comparte el conocimiento de hechos que acontecerán en el futuro (Hch. 11:28-30; 21:10-11; 27:21-24)

Discreción o Discernimiento de espíritus. Es el don por medio del cual Dios revela que tipo de espíritu es el que está operando en una situación determinada. Es el don que manifiesta si un hecho sobrenatural procede de Dios o de Satanás (Hch. 16:16-18.).

Los dones de inspiración, también de palabra, son aquellos que Dios usa para comunicar a su Iglesia un mensaje. Los dones de inspiración se manifiestan más frecuentemente dentro de la congregación porque son los que aportan mayor edificación a los creyentes (1Co.14:1). La enseñanza de Dios impartida a través de los dones inspiración otorga mayor instrucción a la iglesia que cualquier milagro o revelación de hechos ocultos.

Géneros de lenguas: Es el don por medio del cual Dios envía a una congregación un mensaje en lengua desconocida para ser interpretado (1Co. 14:27). Aunque las lenguas que se hablan como resultado del ejercicio del don son similares a las lenguas que se hablan como evidencia de haber recibido al Espíritu Santo, lo cierto es que entre ambas existe una diferencia de función: las lenguas que se hablan como resultado del don tienen interpretación; pero, las que se hablan como evidencia de haber recibido el bautismo en el Espíritu Santo no tienen interpretación. Las lenguas que se hablan como ejercicio del don son de una duración limitada, pues deben dar paso a la interpretación; pero, las lenguas que se hablan como resultado como la llenura del Espíritu Santo son de duración ilimitada pues el que habla no habla a los hombres sino a Dios. El don de géneros de lenguas, pues, es diferente al hablar en otras lenguas como evidencia de haber recibido el bautismo en el Espíritu Santo. La razón por la que Dios envía un mensaje a la congregación en lengua desconocida para después ser interpretado, pudiendo hacerlo de una vez en el idioma local es para dar una señal a los incrédulos (1 Co.14:22)

Interpretación de lenguas. Es el don por medio del cual Dios otorga la interpretación de un mensaje que se dio en lengua extraña al idioma local. Los dones de lenguas y de interpretación son complementarios, pues, no puede ejercitarse el don de lenguas sin el don de interpretación (1Co. 14:28) y por el otro lado, el don interpretación no puede operar si no hay lenguas que interpretar. El don de interpretación no “traduce”; las lenguas extrañas, sino que las “interpreta”; esto trae como resultado el que, algunas veces, la interpretación resulte mucho más prolongada que el mensaje que se expresó en lenguas. De acuerdo a las escrituras una misma persona puede dar el mensaje en lenguas y en enseguida la interpretación (1Co. 14:13).

Profecía: es el don a través del cual Dios otorga un mensaje a la congregación directamente en el idioma de la localidad (1Co. 14:1-3). Los dones de palabra son para ser ejercitados en la congregación cristiana conforme al orden que las escrituras establecen (1Co.14:27-33).

Los dones de poder son aquellos por los cuales Dios realiza obras portentosas entre sus hijos. Por consistir estos dones en la realización de hechos insólitos su manifestación es mucho menos frecuente que los dones pertenecientes a los grupos anteriores, pues, si su manifestación se produjera cotidianamente sus efectos dejarían de ser extraordinarios para convertirse en rutinarios. En las escrituras la manifestación de los dones de poder va precedida por la operación de algún don de revelación, Dios manifiesta lo que va a realizar con ello, inspira la fe necesaria para la operación del don de poder. Los dones de poder son:

Dones de sanidades: son aquellos dones por los cuales Dios otorga la curación sobrenatural de un enfermo. Por esta curación de carácter sobrenatural se entiende que en ella no existió la intervención de medicamento como tampoco la de procesos naturales de recuperación con que Dios ha dotado al cuerpo humano. En los ejemplos de sanidades de las escrituras, se observa la manifestación de una revelación antes de la operación de sanidad (Hch.3:1-7; 9:34; 14:8-10).

Las escrituras hablan de estos dones de manera plural (1 Co. 12:9) lo que indica que existe una variedad en la manera de operar los diferentes dones de sanidades. Es decir, que el don de sanidad de una persona puede obrar, inmediatamente, el de otra podría hacerlo progresivamente, etc. El don de santidad no opera a voluntad de la persona que lo posee sino en base a las revelaciones que Dios otorga a tal persona (2 Ti.4:20).

Operación de milagros: Es aquel don por medio del cual se produce una alteración del curso ordinario de la naturaleza; una intervención temporal en el orden acostumbrado de las cosas a fin de favorecer los designios divinos (Hch. 8:39-40; 12:7-10; 13:11-12).

Fe: Es el don a través del cual Dios comparte su fe con una persona particular. Dotado de esta fe absoluta la persona es capaz de realizar cualquier hazaña sin importar las sanidades o milagros que se necesitan para su realización. Ella cree lo imposible (Mt. 17:20 Los resultados de una fe perseverante se describe en Hebreos 11:1-38).

La enfermedad es una de las muchas plagas que cayeron sobre la raza humana a causa del pecado. Dios no es el autor de la enfermedad; todo lo contrario, él es la fuente de salud. En las Escrituras Dios se llama a sí mismo “El Sanador” (Ex. 15:26), de dónde se deduce que todo aquello que conduzca a la recuperación de un cuerpo enfermo es producto de la gracia de Dios. 

Existen dos maneras en que Dios otorga la salud a los cuerpos enfermos: 

Sanidad indirecta: Es aquella en la que Dios sana a través de medios. La ciencia médica es uno de los medios más avanzados y especializados que Dios ha otorgado para la recuperación de los enfermos. En las Escrituras encontramos que Dios remetía al uso de medios con el fin de aliviar enfermedades (2 Re. 20:7-8; 1 Ti. 5:23).  

Sanidad directa: Es aquella en donde Dios sana directamente, sin la intervención de medio alguno. La sanidad directa se ofrece sobre la base del sacrificio de Cristo (1 P. 2:24) y es parte de la proclamación de las buenas nuevas (Mr. 16:15-18; Hch. 4:29-30)

Dentro de la sanidad directa hay dos maneras que Dios usa para otorgar la salud. La primera, es la sanidad instantánea, es decir, aquella que se recibe de manera inmediata (Mr. 1:40-42). La segunda, es la sanidad progresiva, aquella en que Dios va otorgando la sanidad poco a poco (Mr. 8:22-25).

Dios no creó a Satanás tal y como lo conocemos en la actualidad, como un ser perverso y mentiroso, la Biblia nos enseña que antes de la creación del hombre Dios formó al Querubín protector (Ez. 28:13-15), quien era “el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabado de hermosura”. Este querubín corrompió su naturaleza al aspirar a una posición que Dios no le había otorgado (Is.14:12-15). En su rebelión, Lucero arrastró tras sí a la tercera parte de los seres angelicales (Ap. 12:3-4). De esta manera, el Querubín Protector llegó a convertirse en Satanás y los ángeles caídos en demonios. Una parte de estos demonios se encuentran prisioneros (Jud. 6) y serán liberados en el período de la Gran Tribulación (Ap. 9:1-11). Sin embargo, otra parte de demonios quedó en libertad y se mueven actualmente en los aires. Ellos son las huestes espirituales de maldad contra las que el cristiano batalla (Ef. 6:12). En la batalla espiritual, Satanás y los demonios anteponen al cristiano diferentes tipos de lucha; algunas de ellas son las siguientes: 

Tentaciones: Si bien la naturaleza humana es lo suficientemente perversa como para ofrecer al hombre toda clase de tentaciones (Mt. 15:19); no obstante, no se puede dejar de lado el hecho de que Satanás también puede tentar, es decir, inducir al mal (Mt. 4:1; 1 Ts. 3:5)

 

Oposiciones: Se presentan cuando Satanás ofrece una tenaz resistencia al avance de la causa del evangelio (Lc. 8:12; Hch. 13:10; Ap. 2:10)

Influencias: Se producen cuando Satanás llena el corazón de los hombres hasta el punto de la obsesión (Jn. 8:44, 13:2; Hch. 5:3)

Posesiones: Tienen lugar cuando uno o más demonios entran en el cuerpo de una persona para poseerla. La posesión puede reconocerse porque cuando ocurre, la personalidad de la víctima es anulada y sustituida por el carácter perverso del maligno (Mr. 5:9). Las posesiones diabólicas no pueden darse en un cristiano verdadero (1 Jn. 4:4, 5:18), pues el tal es un hijo de Dios, su cuerpo es propiedad divina (1 Co. 6:20) y templo del Espíritu Santo (1 Co. 6:19).

Para todas estas formas de ataque satánico Dios ha concedido la victoria a sus hijos (Lc. 10:17-20), sobre la base del sacrificio de Cristo (Col. 2:15). Ante una perturbación diabólica de cualquier tipo el creyente puede ejercer, en oración, la autoridad que Dios le ha encomendado para destruir las obras del diablo (1 Jn. 3:8)

En cuanto a las personas poseídas por demonios Cristo continúa en el presente ejerciendo su autoridad para expulsarlos. El cristiano ha sido comisionado para echar fuera demonios (Mr. 16:17) y debe hacerlo invocando, con la autoridad del Espíritu Santo, el nombre de Jesús para ordenar a los demonios salir de sus víctimas (Hch. 16:18).  

Los ministros son hombres que Dios ha capacitado para realizar una tarea específica de edificación dentro de su Iglesia. Dios ha establecido cinco ministerios, que son: Apóstoles, Profetas, Evangelistas, Pastores y Maestros (Ef. 4:11). Los ministerios son exclusivamente para hombres, y no para mujeres porque afirmamos esto, porque no se encuentra en la escritura que ninguna mujer haya sido llamada o constituida para estos ministerios, y por la autoridad doctrinal que ejercen sobre la iglesia y porque su ejercicio es público no privado o individual, lo que Dios no permite a la mujer. (1 Tim.2:11-15. 1Cor 14:45-35) El propósito de los ministerios es edificar el cuerpo de Cristo y, de manera especial, capacitar a otros para que, a su vez, ejerzan el ministerio (Ef. 4:12). Los ministerios de Apóstol y de profetas fueron ministerios temporales, y no están vigentes ya que el Señor los constituyo para que estableciesen las doctrinas de la iglesia es decir el fundamento. Ef. 2:20. Pero algunas prerrogativas que poseían los apóstoles y profetas son manifestadas en los otros tres ministerios.

Estando el fundamento el edificio que es la iglesia va creciendo, Ef.2:21, 1 P.2:25.

Una vez establecido el fundamento nadie puede poner, o seguir poniendo más fundamento. 1Co. 3:10-12

El Apóstol: El Apóstol es un hombre llamado directamente por el Señor Jesucristo y enviado a predicar el evangelio. (Lc.9:1-6) 


REQUISITOS PARA SER APOSTOL:

  1. A) ser instruido directamente por el Señor para que trasmitieran las doctrinas de esta dispensación.

  2. B). ser testigo del ministerio, muerte, y resurrección de Jesús. (Hch.1:1-22, 2:32, 3:15 5:32, 10:39, 10:41.) 

ATRIBUCIONES: 

  1. A) Establecer el fundamento doctrinal. (Efe: 2:20; 1 Co. 3:10-11.)

  2. B) El Apóstol poseía una autoridad especial que no puede ser emulada para resolver controversias con respecto a doctrina y conducta. (Hch. 1:2, 15:1-35, 2P. 3:2) 

EVIDENCIAS QUE CONFIRMAN EL MINISTERIO DE APÓSTOL:

  1. A) Este ministerio poseía señales de carácter propio que confirman el ministerio de apóstol. (Mc.6:13, 1 Co. 9:2, 2 Co.12:12)

  2. B) reconocido por los demás apóstoles. (Hch.1:26)

  3. C) reconocido por la iglesia. (Hch.1:42-47)

Pablo es el último apóstol en ser llamado por el Señor que llena los requisitos.

El apostolado de Pablo es llamado como el Apóstol a los gentiles 1Ti.2:7 el cual reúne los requisitos para ser apóstol.

  •     Llamado directamente por el Señor. (Hch. 9:1-6, 1Co. 15:7-8)

  •     Instruido por el Señor. (Gal.1:1-20. Efe 3:1:12)

  •     Declarado apóstol por el Señor. (1Co. 15:9-10)

  •     Reconocido por los demás apóstoles. Gal 2:7-9.      


El Profeta: Es un ministro que poseía dones de revelación a través de los cuales Dios le revelaba tanto hechos circunstanciales como aspectos doctrinales (Ef. 3:5). Hch.15:32.

El ministerio de profeta al igual que el ministerio de Apóstol una de sus funciones fue establecer junto con el ministerio de Apóstol el fundamento doctrinal. (Ef.2:20).

El ministerio de Profeta es diferente al don de profecía. El Profeta era un ministro que enseñaba a las congregaciones, y traía una revelación en tanto que el don de profecía no está ligado a la enseñanza. El ministerio de Profeta fue solamente para hombres (1 Ti. 2:12), en tanto que el don de profecía puede ser ejercido por una mujer. El ministerio de profeta se manifestaba en la forma del profeta antiguo testamentario (Hch. 21:10-11), en tanto que el don de profecía se ejerce de manera estática. 

El ministerio de Profeta fue de carácter ambulante y actuaba en las congregaciones que pertenecían al área de su Apóstol (Hch. 11:27-28). Aunque el ministerio del Profeta era ambulante; no obstante, la persona que lo poseía debía ser miembro de una iglesia local y estar sujeto tanto a su Pastor como a su Apóstol.

Las evidencias del verdadero ministerio de profeta son que es tanto bíblico en sus revelaciones como en sus enseñanzas doctrinales y cuando anunciaba hechos futuros estos se cumplen detalladamente y sin falta. 

El Evangelista: Es el que anuncia las buenas nuevas de salvación. Su mensaje, por ser para los incrédulos, carece de complicaciones y se limita a la presentación de la salvación en Cristo (Hch. 8:4-5). Sus predicaciones son respaldadas sobrenaturalmente con muchas señales (Hch. 8:6-7). Estas señales llevan como fin mover las conciencias de los incrédulos y puesto que su trabajo se ejerce con ellos, la incidencia de las señales es mucho mayor que en cualquier otro ministerio, excepto el de Apóstol

Por su misma naturaleza, el ministerio del evangelista es también ambulante; pero, a su vez, el evangelista debe estar sujeto a un Pastor y poseer una congregación local en donde llenarse durante los períodos en que no está ministrando. 

Las evidencias del verdadero evangelista se manifiestan en el respaldo que Dios le da concediéndole conversiones masivas y respaldo sobrenatural especial. (Hch.8:5-40, 21:8.)

El Pastor: Es un ministerio de múltiples aspectos, pues, el Pastor evangeliza, enseña, orienta, aconseja y preserva la salud de las almas. El ministerio de Pastor es el único que no es ambulante. Esto; no obstante, no significa que, en determinados momentos, y alguna movilidad en su campo de trabajo. 

El Pastor es el responsable ante Dios por la salud espiritual de la congregación que le ha sido encomendada (He. 13:17; Ap. 2:1, 8, 12, 18).  La evidencia del verdadero ministerio de Pastor es la innegable prosperidad y salud espiritual de la congregación que Dios le ha encomendado a su cuidado.

El Maestro: Como su nombre lo indica es el ministerio que capacita no solamente para comprender las verdades escriturales sino también para darlas a entender. El ministerio de Maestro es también un ministerio ambulante, aunque algunas veces se combina con el de Pastor y, en este caso, tendrá como base una congregación local. El Maestro debe estar sujeto a su Pastor. Hch.13:1-5.

La evidencia del verdadero ministerio de Maestro es que da a comprender con gran facilidad las verdades más complejas de la Escritura produciendo gran provecho y edificación a los que le escuchan. 

Dentro de los cinco ministerios puede producirse, de acuerdo a los planes de Dios, una movilidad de un campo a otro. Es decir, que alguien que ha funcionado como evangelista, en determinado momento, puede recibir el ministerio de Pastor o viceversa. También puede haber una promoción ministerial, por ejemplo, que un Pastor pase a recibir la dignidad de Apóstol (Hch. 13:1-2). Esta movilidad se considera de origen divino cuando en cada etapa el ministerio ha dejado tras sí una estela de evidencias claras que atestiguan que, en verdad, ejerció un ministerio de Dios. 

Los elementos que participan en la organización de una congregación local son: Los ancianos, los diáconos y los santos (Fil. 1:1).

LOS ANCIANOS: Los títulos de pastores, ancianos, obispos y presbíteros se refieren al mismo oficio. Los nombres pueden ser usados indistintamente. Dentro del grupo de ancianos que gobiernan una congregación están los que enseñan (1 Ti. 5:17). Entre los que enseñan hay uno que ejerce la función de predicador y es el que Dios ha dotado con el ministerio de Pastor. El Pastor elige a los ancianos que han de ayudarle en su labor ministerial (Tit. 1:5). Los ancianos apoyan y se sujetan en amor a su Pastor a la vez que este considera con humildad las sugerencias y opiniones de aquellos. 

Los ancianos que no enseñan, es decir, que no poseen el ministerio de Pastor; se dedican a la administración de la congregación. Ayudan al Pastor cuando les solicita opiniones y velan por la salud doctrinal de la congregación. Con su ejemplo enseñan a los santos la manera de conducirse como es digno del evangelio de Cristo (1 P. 5:1-3)

Cuando un Pastor incurre en error doctrinal o en conducta impropia, es obligación de los ancianos acudir a la junta de ancianos o pastores con el fin de que estos tomen medidas adecuadas con el Pastor desviado. Por su parte, el Pastor también puede remover de su dignidad a cualquier anciano que incurra en errores doctrinales o cuya actitud haya dejado de ser provechosa para el buen desarrollo de la obra de Dios. 

Los requisitos para recibir la dignidad de anciano se detallen en 1 Ti. 3:1-7 y en Tit. 1:7-9. El privilegio de anciano se limita a la congregación local. Un ministro es ministro dondequiera que vaya; pero un anciano, lo es solamente en su congregación local.

LOS DIACONOS: Como su nombre lo indica, los diáconos desempeñan una función de servicio en la congregación local. Ellos no tienen facultades de dirección en los asuntos administrativos de la iglesia, únicamente sirven amorosamente a sus hermanos en la fe (Hch. 6:1-3)

Los diáconos son propuestos por la congregación a sus dirigentes espirituales, los cuales deben dar su aprobación y manifestarlo públicamente oficializado a las personas que recibirán el privilegio por medio de una ceremonia de imposición de manos (Hch. 6:3-6)

Los requisitos para recibir el privilegio de diacono se establecen en Hechos 6:3 y en 1 Timoteo 3:8-10, 12. Las diaconisas son la versión femenina del oficio de diacono y se dedican a servir a la iglesia en asuntos propios para manos femeninas (Ro. 16:1-2).

Al igual que los ancianos, el privilegio de diacono es estrictamente local. 

LOS SANTOS: Toda persona que ha tenido una experiencia de conversión y de nuevo nacimiento es injertada de manera inmediata en el cuerpo de Cristo llegando a formar parte de la congregación viene a ser un semillero de donde surgirán los frutos diáconos y diaconisas, como también, los futuros ministros del evangelio. 

Dios ha entregado a su Iglesia dos ordenanzas: 

El Bautismo en agua y la Santa Cena. Se les llaman ordenanzas porque en las Escrituras existen mandamientos expresos para que los cristianos las practiquen.  El propósito de las ordenanzas es el de ofrecer símbolos materiales que ilustran verdades espirituales, con el fin de que el creyente las retenga permanentemente. Las ordenanzas no comunican por si mismas ninguna gracia especial; los elementos materiales que participan en ellas tienen un valor puramente simbólico. Los beneficios de las ordenanzas se reciben únicamente cuando el creyente cobra conciencia de su significado y las practica en el espíritu que las Escrituras señalan. 

El Bautismo es la ceremonia que expresa, simbólicamente:

  1. a) La muerte del creyente a su vida de pecado (Ro. 6:3, 6).

  2. b) Su sepultura al mundo (Ro. 6:4; Col. 2:12).

  3. c) Su resurrección a una nueva vida (Ro. 6:4-5, 8-11).

 El poseer conciencia de estas verdades y su vivencia personal es lo que reviste al bautismo de su valor espiritual. Si no existe la experiencia de morir al pecado para resucitar a una nueva vida, la ceremonia se vuelve invalida para el que la práctica.

El Bautismo no es un requisito para la salvación; pues, esta depende únicamente de los méritos de Cristo. No obstante, el bautismo es necesario para tener comunicación real con Dios, pues, es parte de la obediencia a las Escrituras. Aunque el valor del Bautismo se encuentra en la vivencia de su significado resulta importante; no obstante, el cuidar de las formas ceremoniales que las Escrituras señalan. La primera de ellas tiene que ver con respecto a su modalidad; es decir, la manera en que debe ser hecho. Los relatos de la escritura sugieren que el Bautismo debe ser practicado por inmersión (Mt. 3:16; Jn. 3:23; Hch. 8:38), aparte de que solo de esta manera se cumple el simbolismo de “sepultados” al mundo. La segunda es con respecto a la formula a emplear, que debe ser “En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19). No existe un tiempo definido entre la conversación y el bautismo en agua. Sin embargo, las evidencias escriturales indican que el bautismo se realizaba tan pronto como fuera posible (Hch. 2:41, 8:35-38, 9:17-18, 10:47-48, 16:32-33). Esta forma debe ser seguida por los cristianos actuales. 

La Santa Cena o Cena del Señor es la segunda de las ordenanzas. Mientras que el bautismo en agua se recibe una sola vez en la vida; la Santa Cena es una ceremonia en la que el cristiano debe participar periódicamente. 

Al igual que el bautismo, la Santa Cena no imparte por si misma ninguna gracia especial; tanto el pan, como el jugo de la vid, tiene solamente valor simbólico. Los beneficios que la Santa Cena brinda se reciben únicamente cuando se vive, a plena conciencia, su significado espiritual. 

La Santa Cena tiene varios significados. El primero de ellos es el de un memorial, recordándonos los padecimientos de Cristo (Mt. 26:26-29; 1 Co. 11:23-25). El segundo, presenta a la Santa Cena como una proclamación al mundo de la muerte de Cristo y su significado (1 Co. 11:26). En tercer lugar, la Santa Cena refleja la unidad y comunión que existen entre los miembros del cuerpo de Cristo (1 Co. 10:16-17)

Para poder participar de la Santa Cena, la Biblia expresa que el cristiano debe hacer un examen sincero de su vida (1 Co. 11:28-32). Dios desea que el cristiano tenga una vida reconciliada con él y con su prójimo al momento de participar de la Santa Cena; la obediencia se vuelve necesaria para tomar de la Santa Cena; por lo tanto, el bautismo en agua, que es parte de la obediencia a la Palabra de Dios, se convierte en requisito indispensable. 

La oración es el ejercicio espiritual a través del cual un creyente establece contacto directo con Dios. A través de la Biblia habla al hombre, a través de la oración el hombre habla a Dios.

La oración es posible sobre la base del parentesco que el creyente ha recibido como hijo de Dios (Ro, 8:15-17). El sacrificio de Cristo le ha hecho posible el acceso a Dios (He. 10:19-22).

La oración, de manera general, es hecha al Padre (Lc. 11:2; Jn. 15:16; 16:23), en el nombre del Hijo (Jn. 14:13-14) y por la gracia del espíritu Santo (Ef. 6:18; Jud. 20). Sin embargo, esto no significa que no se pueda elevar una oración directamente al Hijo (Hch. 7:59; Ap. 22:20) o al Espíritu Santo.

Para poder recibir respuesta a la oración es necesario cubrir, al menos, los siguientes requisitos:

  •     Tener fe (Mr. 11:24; He. 11:6; Stg 1:5-7).

  •     Estar en la voluntad de Dios (1 Jn. 5:14).

  •     Tener una vida pura (Sal. 66:18; Pr. 28:9; 1 Jn 3:22-23).

  •     Orar con fervor (Stg. 5:17 Cf. con Mt. 6:7)

  •     Orar con perseverancia (Lc. 18:1-7)

  •     Orar específicamente por lo que se necesita (Mr. 10:51; Hch. 12:5)

Existen diversas clases de respuestas que se pueden recibir de Dios las más importantes son:  

  •     Cuando no hay respuesta (Stg. 4:3).

  •     Respuestas inmediatas (Is. 65:24).

  •     Respuestas que se retrasan (Job)

  •     Una respuesta diferente a la esperada (2 Co. 12:7-9).

La oración es un ejercicio en el que el cristiano debe poner especial empeño, pues de ella dependerá, en buena medida, su fortaleza espiritual. 

El ayuno es el ejercicio espiritual que consiste en períodos especiales de oración que van acompañados de la abstinencia total o parcial de alimentos.

El ayuno es una práctica vigente para el presente período de la Iglesia (Mt. 9:14-15). Cristo dio instrucciones de cómo ayunar (Mt. 6:16-18). La Iglesia de los Hechos practicó el ayuno (Hch. 13:3; 14:23)

Existen tres tipos de ayuno:

Ayuno Parcial: Es aquel en donde se produce una abstinencia parcial se alimentos (Dn. 10:2-3). Durante este ayuno, la persona se limita únicamente a ingerir frutos o jugos naturales. Por cuanto no hay una abstinencia total de alimentos el ayuno parcial puede prolongarse mucho más tiempo que los otros tipos de ayuno. 

Ayuno natural: Es aquel en donde se produce una abstinencia total de alimentos para beber únicamente agua (Mt. 4:2). Es el tipo de ayuno más practicado y el que más se menciona en las Escrituras. Entre los judíos un ayuno duraba veinticuatro horas. Sin embargo, en el presente, se ha popularizado el ayuno de doce horas, de seis de la mañana a seis de la tarde. En todo caso, es la necesidad de la persona la que debe determinar la duración del ayuno.

De acuerdo a la necesidad, también pueden hacerse varios ayunos continuos. Es decir, abstenerse durante varios días de alimentos; pero, entregando cada tarde para cenar. Otra manera es cuando se hace un ayuno de vario días; es decir, que hay una abstinencia de alimentos durante vario días sin entregar. Cuando se hace un ayuno de varios días la duración máxima recomendable es de cuarenta días.

Ayuno total: Es aquel en donde se produce una abstinencia tanto de alimentos como de agua (Hch. 9:8-9). Por ser éste un ayuno en donde no se ingiere agua, la duración máxima recomendable es de tres días. 

El ayuno es la expresión de un alma necesita de Dios y es una práctica privada que debe ser realizada en secreto. 

El matrimonio es una institución divina que tiene como finalidad brindar una ayuda mutua a los cónyuges (Gn. 2:18), permitir la satisfacción del instinto sexual de manera responsable y santa (1 Co. 7:2-5, 9) y posibilitar la multiplicación adecuada de la raza (Gn. 1:28)

El matrimonio se da entre un hombre y una mujer y la voluntad expresa de Dios es que nadie debe tener más de un cónyuge al mismo tiempo (1 Ti. 3:2).

Puesto que las autoridades civiles han sido instruidas por Dios (Ro. 13:1), para celebrar el matrimonio eclesiástico, se requiere realizar el acto legal llamado matrimonio civil, donde el oficiante representa a las leyes del gobierno civil, y los declara esposos por las leyes civiles, el cual tiene efectos legales ante las leyes del gobierno civil. Pero se les hará de carácter eclesiástica. Los ministros del evangelio son los llamados a oficiar la ceremonia, quienes representan a Dios y sus leyes, esta ceremonia tiene como objetivo presentarlos ante Dios y pedirlos votos matrimoniales ante Dios y la iglesia y declararlos como un matrimonio legal y reconocido por Dios y la iglesia. Si el pastor es autorizado por el gobierno para celebrar el matrimonio civil, de igual forma se harán dos ceremonias ya que en una representa al estado y sus leyes, y en la otra a Dios y sus mandamientos. He 13:14

Todo cristiano es libre de casarse con quien sea capaz de dar su consentimiento con juicio, y teniendo en cuenta los mandamientos expresados por Dios en su Palabra con respecto al tema. Estos mandamientos son: Que el creyente tan solo puede casarse con otra persona creyente (1Co. 7:39; 2 Co. 6:14) y que el matrimonio no puede contraerse dentro de los grados de consanguinidad o afinidad señalados por las Escrituras (Lv. 18)

El matrimonio se contrae para toda la vida y únicamente puede ser disuelto por las siguientes razones: Muerte. Cuando uno de los conyugues muere el que sobre vive queda libre del lazo del matrimonio (Ro.7:2) y puede contraer un nuevo matrimonio si así lo desea (1Co. 7:39; 1 Ti. 5:14).

Infidelidad. En caso de fornicación o de adulterio después del matrimonio, la parte ofendida debe procurar la restauración de su conyugue otorgándole perdón completo cuando así lo solicite a fin de preservar la unión matrimonial y cumplir con la ley de Cristo. Pero, si el ofensor persiste con obstinación en infidelidad que no pueda ser remediada ni por el conyugue ni por la intervención de los ministros del evangelio, la parte inocente puede promover su divorcio, y después de este, puede casarse, si lo desea, con otra persona como si la parte ofensora hubiera muerto (Mt. 5:32; 19:9).

Cuando un matrimonio se divide a causa de que uno de los cónyuges se convierte al evangelio de Cristo y el incrédulo le abandona por su nueva fe, se puede admitir una separación de los esposos (1 Co. 7:15) pero, en este último caso no hay lugar a un nuevo matrimonio, a menos que el cónyuge incrédulo incurra más tarde también en el pecado de infidelidad, con lo cual, el caso pasaría a considerarse como adulterio. 

Con el fin de reprimir la perversidad de los hombres, Dios ha colocado gobernantes sobre las naciones (Dn. 4:31-32, 35). Para que cumplan con su cometido, Dios ha concedido a los gobernantes el uso de la fuerza para establecer justicia (Gn. 9:5-6).

Puesto que las autoridades son una institución divina el creyente le debe ciertas obligaciones. 

En primer lugar, el creyente tiene que sujetarse a toda ley (Ro. 13:1-2; Tit.3:1; 1 P. 2:13-14)

Segundo, el creyente debe respetar a los gobernantes y a los que están en eminencia (Ex. 22:28; Hch. 23:5)

Tercero, el creyente debe pagar sus impuestos con el fin de asegurar la subsistencia del Estado (Ro. 13:6-7)

Cuarto el creyente debe orar por sus gobernantes (1 Ti. 2:1-2)

La sujeción del cristiano a los gobernantes se limita a lo justo y a lo que es acorde a la Palabra de Dios. En caso que los gobernantes promulgaran leyes u órdenes que son contrarias a la voluntad de Dios expresada en la Biblia, el creyente no está obligado a obedecer en semejante caso (Hch. 4:19; 5:29).

No obstante, en tal situación, la resistencia del cristiano debe ser pasiva teniendo presente que con su negativa acareara la venganza de los gobernantes. En todo caso, el habrá actuado de acuerdo de su conciencia y sabrá que lo que hizo fue en obediencia a la Palabra de Dios.    

El diezmo consiste en devolver a Dios el 10% de los ingresos que él nos concede (Gn. 28:22). El diezmo es una práctica que se originó como una expresión de gratitud por las bendiciones recibidas de Dios (Gn. 14:18-20) y como un reconocimiento a la mediación sacerdotal (Nm. 18:21). El diezmo se practicó mucho antes que la ley de Moisés fuera promulgada. Por ejemplo, Abraham que vivió siglos antes de la ley de Moisés y que fue justificado por la fe, igual que los cristianos, practico el diezmo (Gn. 14:20).  El diezmo fue practicado también bajo la ley de Moisés y cuando esta fue abolida continua en vigencia de la misma manera que lo había estado antes de Moisés.

Jesús ratifico el diezmo (Mt. 23:23).

En el Nuevo Testamento, el diezmo es de nuevo ratificado como una práctica para la Iglesia cristiana (He. 7:1-12). Los elementos bajo los cuales el diezmo fue instituido siguen estando vigentes bajo la dispensación de la Gracia, es decir, la gratitud a Dios y el reconocimiento de la mediación sacerdotal. Esta última es ejercida en el presente no por un hombre mortal sino por uno que vive para siempre (He. 7:8): Jesús, nuestro sumo Sacerdote. Dios da grandes promesas de prosperidad para aquellos que diezman con fidelidad (Mal. 3:10-12; 2 Co. 9:6-11). Sin embargo, el cristiano no debe diezmar tan solo por interés de recibir prosperidad material; más bien debe hacerlo por gratitud y por un reconocimiento sincero de la eficaz obra sacerdotal de nuestro Señor Jesucristo. 

Las ofrendas también forman parte del agradecimiento a Dios por su provisión a nuestro hogar. A diferencia del diezmo que es dar un 10% la ofrenda no requiere de una cantidad mínima ni máxima. Es algo que se hace conforme cada uno propone en su corazón. (2 Co. 9:7) sin dejar de mencionar que el que da escasamente así cosechara (2 Co.9.6)

Puede ser poco (Mr.12:42) puede ser mucho (Hch.2:44-45) las ofrendas eran recogidas con un propósito específico.

  • Para obras de construcción de santuarios.Ex.35:5-29.

  • Para ayudar a los pobres Ro.15:26; 1 Co.16:1. Etc.

Al estado de los muertos se les llama también el estado intermedio porque la muerte es el período que media entre la vida física y la vida de resurrección. La muerte física se produce en el momento en que el alma se separa del cuerpo. El cuerpo va al polvo, de donde fue tomado, y el alma pasa al estado intermedio. Para comprender lo que sucede en el estado intermedio, es importante establecer las sustanciales diferencias que se han producido en el a partir de la muerte y resurrección de Cristo.

Antes de la muerte de Cristo. El estado de los muertos fue descrito. Por el Señor Jesús en su relato del rico y lázaro (Lc. 16:19-31). En esta porción se establece que después de la muerte las almas de los muertos son conducidas a un lugar llamado Hades (v. 23). Este lugar situado en el centro del planeta tierra, estaba dividido en dos sesiones separadas por un abismo (v. 26). La parte superior del Hades se llama: “Seno de Abraham” o “Paraíso” (v. 22); este era un lugar de consuelo donde reposaban las almas de los justos (v. 25). La parte inferior era llamada solamente “Hades” y era un lugar de tormento donde eran arrojadas las almas de los injustos (v.23). Es importante también notar en este relato que las almas de los muertos continúan en completa conciencia. Pueden reconocerse entre ellas (v. 23). Poseen sensibilidad (v.24). Recuerdan sus vidas en la tierra (v. 25). Recuerdan a sus familiares que todavía están con vida (v.27-28)

Durante la muerte de Cristo. Cuando el Señor Jesús murió en la cruz, su cuerpo fue sepultado; pero, su alma descendió al Hades (Hch. 2:31), al lugar de consuelo, donde estaban las almas de los justos (1P. 3:18-19). El propósito de descender al Hades era el de llevar a las almas de los justos la buena nueva de que las promesas de redención habían sido cumplidas en él. Otros pasajes que demuestran el descenso de Cristo al Seno de Abraham o Paraíso San Mateo 12:40; Lucas 23:43; Efesios 4:9-10. Cuando el Señor Jesús resucito de entre los muertos se llevó consigo las almas de los justos que durante los siglos anteriores habían aguardado su llegada en el seno de Abraham (Ef. 4:8-10).

Después de la resurrección de Cristo. Al ascender a lo alto, Jesús traslado el Paraíso hasta el tercer cielo (2 Co. 12:2-4). Los injustos fueron dejados en el Hades que continúa estando en el centro de la tierra y el lugar donde son depositadas las almas de los incrédulos en la actualidad. Cuando una persona muere en sus pecados, su alma es llevada al Hades en donde es atormentada hasta que llegue el día del juicio Final (Ap. 20:13). En cuanto a los justos, cuando mueren, sus almas son llevadas de inmediato a la presencia del Señor, al Paraíso (2 Co. 5:6-8 Fil.1:21-24). La razón por la que antes de la muerte de Cristo las almas de los justos no pasaban a la presencia del Señor de inmediato, como sucede en el presente, era que la sangre que quita el pecado del mundo no había sido derramada; pero, cuando Cristo murió, descendió a dar la buena nueva a los justos, los tomo con él al tercer cielo y allí está recibiendo a todos los que duermen en él. Su sacrificio ha hecho toda la diferencia. 

En el retorno de Cristo a la tierra habrá dos apariciones: La primera para arrebatar a su Iglesia y, la segunda, para establecer su Reino milenial. Ambas apariciones están separadas por un periodo de siete años y poseen características muy diferentes. 

La primera aparición o rapto de la Iglesia es inmediatamente y ha de ocurrir de manera sorpresiva. En 1 Ts. 4:15-17. Se nos ofrece una breve descripción de lo que sucederá en ese día: 

Cristo descenderá de los cielos.

Resucitaran los muertos en Cristo (v. 16). Los creyentes que estén con vida serán arrebatados juntamente con los que hayan resucitado. Todos juntos recibirán al Señor en el aire (v.17) Jesús no posará sus pies sobre la tierra. En 1 Co. 15:51-53. Se describen otros sucesos que sucederán el día del Rapto: Será tocada la trompeta que anunciará el levantamiento de la Iglesia.

Los muertos en Cristo resucitaran con cuerpo incorruptibles. En la primera resurrección (1 Co. 15:20-23).

Los creyentes que estén con vida experimentaran la glorificación de sus cuerpos para recibir uno semejante al de los resucitados (Fil. 3:20 -21)

Otro elemento digno de ser considerado como parte del día del rapto es que el Espíritu Santo se ira de la tierra junto con la Iglesia (2 Ts. 2:7)

Los objetivos que Dios persigue con el rapto de la Iglesia son: Primero, desposar a su Hijo con la Iglesia y celebrar las Bodas del Cordero (Ap. 19:7-9); segundo, librar a su Iglesia de la Gran Tribulación cuyo inicio, posterior al Rapto, queda establecido en 2 Ts 2:7-12. 

Algunas de las características del rapto son: No será visible al mundo (1Ts. 5:2; Ap. 16:15). Igual que al ladrón, el mundo se le vera. Notarán la desaparición de los Santos; pero, no creerán.

  • Será instantáneo (1Co. 15:51-52)

  • Será inesperado (Mt. 24:42-44, 25:13; Mr. 13:32-33).

Será selectivo, en el sentido que únicamente serán arrebatadas aquellas personas que hayan experimentado una sincera conversión y un nuevo nacimiento (2 P. 2:9; Ap. 3:10).  

Cuando la Iglesia sea raptada se realizará el Tribunal de Cristo (Mt. 16:27; Ap. 22:12), en el cual, serán juzgadas las obras del creyente. El juez en este tribunal será el Señor Jesús (2 Co. 5:10) y la finalidad del juicio es la de determinar si un creyente merece recibir o no algún galardón. 

El pasaje de la Biblia que más extensamente habla sobre el tribunal de Cristo es 1 Corintios 3:8-15. En este pasaje podemos notar las siguientes enseñanzas importantes:

Los ministros del evangelio han de ser juzgados no solo con respecto a su vida privada sino también con respecto a la manera en que ejercieron su ministerio (v. 8-9). Compárese con Hebreos 13:17.

Cada creyente será juzgado de acuerdo al papel que Dios le confió dentro de su obra (v. 10-11).

Las obras del creyente pueden ser buenas (oro, plata, piedras preciosas) o malas (madera, heno, hojarasca). Cristo será quien determine si las obras son buenas o malas v.12 y lo hará no solamente por las obras en sí, sino por los motivos que las produjeron (1 Co. 4:5). Las obras del creyente serán probadas de acuerdo a la norma divina. Así como el fuego demuestra la eficiencia de un material, el fuego escudriñador de Dios probara la obra de cada creyente (v. 13)

Las obras que resulten aprobadas serán recompensadas (v. 14).

Aquellos creyentes cuyas obras no resulten aprobadas no recibirán ningún galardón; no obstante, ellos serán siempre salvos pues su salvación no depende de sus obras sino de los méritos de Cristo (v. 15)

En la Biblia se habla de diferentes galardones que Dios dará; entre ellos, se mencionan las coronas que se otorgaran por méritos específicos:

  • La corona incorruptible la corona del vencedor (1 Co. 9:25)

  • La corona de gozo para los ganadores de almas (1 Ts 2:19:20).

  • La Corona de Vida para los mártires (Stg. 1:12; Ap. 2:10).

  • La Corona de Justicia para los que aman la venida del Hijo de Dios (2 Ti. 4:8).

  • La corona de Gloria para los ministros (PASTORES) fieles (1 P. 5:4).

Puesto que los galardones son recompensas que se de acuerdo a las obras del creyente, es necesario recordar que si el cristiano descuida su conducta puede perder los galardones a que se halla hecho acreedor en el pasado (2 Jn. 8).

La gran Tribulación es un período de aflicción sin precedentes que vendrá sobre todos los moradores de la tierra (Ap. 3:10); pero, en especial, sobre Israel (Jer. 30:7).

La Gran Tribulación tendrá una duración de siete años (Dn. 9:27). Este periodo estará dividido en dos partes de tres años y medio y serán de paz aparente y los segundos de gran aflicción y juicio. 

Los eventos más importantes que sucederán durante la Gran Tribulación son los siguientes: 

Aparición de la Bestia o Anticristo (2 Ts 2:7-10, Ap. 13:1-4).

Aparición del Falso Profeta (Ap. 13:11-14)

La Bestia establece pacto de amistad con Israel (Dn. 9:27) Israel le recibe como si fuese el Mesías. Paz aparente. 

A la mitad del periodo de Gran Tribulación, se le impide la entrada a Satanás al cielo (Ap. 12:10-12). Con gran ira Satanás otorga gran autoridad a la Bestia y se desatan los días difíciles de la Gran Tribulación. El pacto con Israel es anulado (Dn. 9:27). Israel es invadido y la bestia profana el templo sentándose en el templo de Dios para ser adorado como Dios (Dn. 7:24-25; 2 Ts. 2:4).

Se inicia la persecución contra el pueblo judío y contra los que conservan el testimonio de Jesucristo (Ap. 13:5-8).

Son eliminadas dos terceras partes del pueblo judío (Zac. 13:8-9)

La Gran Ramera (unidad mundial de religiones) es destruida (Ap. 17:1-6, 16-17)

Dios derrama sus juicios sobre la tierra (Ap. 15:5-8, 16:1-12, 17-21).

Hacia el final de los siete años se desata la batalla de Armagedón (Ap. 16:13-16). Como resultado de la guerra y de los juicios de Dios se produce la muerte de la cuarta parte de la población mundial (Ap.  6:8).

Los ejércitos de la Bestia se congregan en el valle de Megido a fin de enfrentar al Hijo de Dios (2 Ts. 2:8; Ap. 19:11-19).

La Gran Tribulación además de ser un período de juicio es también un período de salvación, tanto para judíos (Ap. 7:1-4) como para gentiles (Ap. 7:9-14)

Al final de la Gran Tribulación se producirá lo que propiamente se llama la Segunda Venida de Cristo. Las señales que precederán la Segunda Venida son: La congregación de los ejércitos de la Bestia en el valle de Megido (Ap. 19:9) y fenómenos en el cielo y el mar (Jl. 2:30-31; Lc. 21:25-28; Ap. 6:12-13).

La Segunda Venida de Cristo es diferente a su primera aparición ara levantar a su Iglesia. Las características de la Segunda Venida son:

  • Será corporal: Jesús volverá con el mismo cuerpo glorificado con que fue tomado a los cielos (Hch. 1:9-11; Zac. 13:6).

  • Será visible: Todo ojo le vera, desde el oriente hasta el occidente (Mt. 24:27; Mr. 13:26; Ap. 1:7).

  • Vendrá con los ejércitos celestiales: Estos ejércitos están formados por sus ángeles (Mt. 25:31; 2 Ts. 1:7).

  • Vendrá con su Iglesia: (Zac. 14:5; 1 Ts. 3:13; 2 Ts. 3:13)

  • Vendrá con poder y gloria: (Mr. 13:26; Lc. 21:27).

Los objetivos que Cristo persigue en su segunda venida son tres:

  • Traer juicio contra La Bestia (2 Ts. 2:8; Ap. 19:19-20), contra el sistema mundano (Dn. 2:31-35, 40-45) y contra los incrédulos (2 Ts. 1:7-10).

  • Resucitar a los mártires de la Gran Tribulación (Ap. 20:4-6).

  • Establecer su Reino Milenial (Ap. 20:1-3).

Las principales diferencias que se presentan entre el Rapto de la Iglesia y la Segunda venida de Cristo son las siguientes:

  • En el Rapto Cristo desciende hasta las nubes (1 Ts. 4:16-17), en la Segunda Venida el desciende hasta la tierra (Zac. 14:4).

  • En el Rapto el viene a recoger a sus santos (1 Ts. 4:16-17), en la Segunda Venida el viene acompañado de sus santos) (Jud. 14).

  • No se dice que la venida de Cristo para levantar a su Iglesia será precedida de señales en los cielos; pero, la Segunda Venida si será anunciada por señales en los cielos (Mt. 24:29-30).

  • El Rapto será invisible al mundo, será como ladrón en la noche; en cambio, en la Segunda Venida todo ojo le vera (Ap. 1:7).

  • El Rapto es un trato exclusivo con la Iglesia; en cambio, la Segunda Venida es parte del trato con Israel y con las naciones gentiles.

Aparte de estas diferencias es conveniente recordar que entre el Rapto y la Segunda Venida medio periodo de siete años durante los cuales se producirán de la Gran tribulación. 

Cuando Cristo vuelva a la tierra establecerá su Reino Milenial, el cual, será un reino literal sobre todo el planeta en donde Jesús será el Rey Soberano. El Reino de Cristo tendrá una duración de mil años (Ap. 20:1-6)

Los eventos que precederán la plenitud del Reino Milenial son los siguientes:

  1. Descenso de Cristo (Zac. 14:4).

  2. Apresamiento de Satanás (Ap. 20:1-3)

  3. Resurrección de los mártires de la gran Tribulación y de los justos del Antiguo Testamento (Ap. 20:4).

  4. Retorno del Espíritu Santo (Ez. 36:26-27).

  5. Conversión de Israel (Zac. 12:10-12).

  6. Restauración de Israel (Is. 11:11-12, 35:10; Mi. 4:6-7; Zac. 8:7-8).

  7. La Iglesia participara del Reino Milenial en su calidad de Esposa del Cordero. Los cristianos fungirán como Jueces, Reyes y Sacerdotes (Ap. 2:26-27).

Con respecto a las características geográficas del Reino Milenial tenemos los siguientes datos:

  1. La extensión del Reino será toda la tierra (Sal. 2:8; 72:8; Zac 9:10, 14:9).

  2. La capital será Jerusalén (Is. 2:2-3; Zac. 8:3).

  3. El centro de adoración mundial estará en Jerusalén (Zac. 8:20-23, 14:16).

Las principales caracterizas del Reino Milenial son las siguientes: 

  1. Será supremo (Mi. 4:1).

  2. Será justo (Sal. 72:2-4, 12-14; Jer. 33:15).

  3. Será pacifico (Is. 2:4; Mi. 4:3-4; Zac. 9-10).

  4. Sera feliz (Is. 35:10; 65:18-19).

  5. Será seguro (Is. 32:1-2, 18; Ez. 28:25-26)

  6. Habrá conocimiento de Dios (Is.11:9; Jer. 31:34; Hab 2:14)

Merecen especial mención las profundas transformaciones que se producirán en la naturaleza durante el reino Milenial:

  1. Las bestias habitarán pacíficamente (Is. 11:6-8; 65:25).

  2. Reverdecerá el diestro (Is. 32:15, 35:1-2, 7, 41:18-20).

  3. La tierra aumentara su fertilidad (Ez.36:29-30).

  4. Sera restaurada la longevidad humana (Is. 65:20, 22; Zac. 8:4-5).

  5. Las enfermedades desaparecerán (Is. 35:5-6).

Cuando las bendiciones del Reino sean cumplidas y termine el período de mil años, las naciones serán probadas una vez más. Satanás será soltado de su prisión y engañara a muchos; pero, al final serán consumidos por el fuego de Dios (Ap. 20:7-10).

Después del reino Milenial de Cristo se producirán tres eventos que merecen especial atención: El juicio de los ángeles caídos, la destrucción del universo actual y el Juicio del Gran Trono Blanco o juicio Final.

El juicio de los ángeles caídos. Sera posterior al Reino Milenial, cuando Satanás sea lanzado al lago de Fuego (Ap. 20:10). El juicio de Satanás se ha realizado con anterioridad (Jn. 16:11), ahora, procede el juicio de sus ángeles (2 P. 2:4; Jud. 6). La iglesia de Cristo fungirá como juez (1 Co. 6:3). El destino final para los ángeles caídos es el Lago de Fuego (Mt. 25:41).

Destrucción del universo actual. Inmediatamente antes del Juicio Final, la actual creación será destruida (2 P. 3:10-12). Esta destrucción acontecerá el mismo día del juicio (2 P. 3:7; Ap. 20:11).

El Juicio Final. También se le llama el Juicio del Gran Trono Blanco. En el serán juzgados los incrédulos de todos los tiempos. El juez del Gran Trono Blanco será el Señor Jesús será ayudado por su Iglesia para juzgar al mundo (1 Co. 6:2).

Para comparecer en el Juicio Final los incrédulos serán resucitados en la Segunda Resurrección de condenación. Ninguno de los que sean juzgados en el Juicio Final tienen oportunidad de alcanzar la salvación, el propósito de este juicio es solamente determinar el grado de castigo que cada incrédulo soportara en el Lago de Fuego (Mt. 11:22; Lc. 12:47-48).

La base del juicio son las obras (Ec. 12:14; Mt. 12:36-37; Ap. 20:12-13). Después de ser juzgados las almas serán lanzadas al Lago de Fuego (Ap.20:15) donde sufrirán el mayor o menor grado de castigo que el Juez Justo haya determinado. 

Después del Juicio Final al tiempo será absorbido por la eternidad. Tanto justos como injustos entrarán en la Eternidad Futura; pero, sus estados serán diferentes:

Los incrédulos.

Su lugar: Serán arrojados a un sitio especial que en las Escrituras es llamado de las siguientes formas: Infierno (Mt. 10:28), horno de fuego (Mt. 13:42), eterna perdición (2 Ts. 1:19), horno de fuego (Mt. 13:42), eterna perdición (2 Ts. 1:9), tinieblas eternas (Jud, 13), muerte segunda (Ap. 20:14) y lago de fuego (Ap. 20:15).

Su condición: En la Segunda Resurrección recibirán un cuerpo diseñado para los tormentos del Lago de Fuego. Estarán excluidos de todo favor divino (2 Ts. 1:9). Serán atormentados (Ap. 14:10). Satanás será atormentado juntamente con ellos (Ap. 20:10).

Su duración: El castigo de los incrédulos dentro del lago de fuego es tan eterno como la gloria de los justos (Mt. 25:46; Mr. 9:43-44; Ap. 14:10-11). La enseñanza de la destrucción de las almas es desmentida por las Escrituras al comparar Apocalipsis 19:20 con 20:10 y considerar que entre ambos pasajes media un periodo de mil años. 

Los justos.

Su lugar: Al final del sistema actual de Dios creara un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap. 21:1). Los justos tendrán su lugar tanto en la nueva tierra como en el nuevo cielo ya que heredarán todas las cosas (Ap. 21:7). Algunos elementos de la nueva creación son descritos en Apocalipsis 21:1, 9-11, 22-23; 22:1-5

Su condición: Tendrán el cuerpo y la mente de Cristo (1 Jn. 3:2). Serán inmortales (Ap. 21:4). No sufrirán más (Ap. 21:4, 22:3).

Su duración: La condición de gozo, paz y felicidad de los justos será eterna (Ap. 22:5).

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